Sábado, 02 Mayo 2026

LA COCINA DE LA AMATXO

LA COCINA DE LA AMATXO Imagen 1

 

-¿Estás seguro de que este sitio es el bueno? Preguntó la anciana mirando con displicencia.

-Que sí amá, en este dan unos platos muy ricos y bonitos.

-La belleza no se come. Eso solo lo hacen los enteradillos y los listos que venden humo a cambio de nada. Se ve oscuro y la oscuridad no me gusta. Una cocina sin luz no es buena señal. Es sinónimo de suciedad. Vámonos.

-Tienes que hacer un esfuerzo si quieres…

-Es que no quiero. No quiero. Me has sacado de casa, pero con engaños. Yo no pienso ir a comer fuera. Cómo te lo tengo que decir. Esa idea es un asunto tuyo porque estás diciendo que debo salir y relacionarme. Pero yo-no-quiero-hacerlo. ¿Entiendes? Tu padre nunca me llevó por ahí a comer y tú tampoco vas a hacerlo. Haz el favor de llevarme de vuelta a casa. Mi cocina es mi lugar preferido. Desde lo alto lo veo todo y lo estudio con minuciosidad.

El joven bufó con seriedad y sin dejar de mirarla. 

-Bueno, tu ganas, madre, si me vas a montar una escenita agarro el coche y nos vamos.

-Eso es. Verás cómo la cocina de casa es la mejor. Todos estos restaurantes no son más que basuras que lo único que hacen es hacer comida de batalla para ganar dinero. Son gente sin escrúpulos. Vulgares ladrones de ilusiones ofreciendo comida asquerosa que vete tú a saber de qué está hecha. Pero mira, dijo la mujer deteniéndose. ¿Acaso no aprecias el olor que sale de esta cocina? dijo señalando la salida de humos del restaurante. Es nauseabundo. Me dan arcadas, dijo teatralizando sus palabras con gestos.

El joven puso la mirada en blanco. 

-Yo ahí no entro ni loca. Además, mira lo que pone en este letrero. “Cocina saludable”, y se ve una lechuga tísica.  Vámonos a casa- insistió la mujer.

El coche atravesó la zona pantanosa con rapidez. La noche se les había echado encima y el ambiente era frío. Al llegar el joven ayudó a su madre a subir. La cocina estaba a la derecha nada más entrar y justo delante de la escalera que llevaba a la segunda planta.

La cocina se mantenía calentita cuando llegaron. Unas manos expertas se pusieron a cocinar nada más llegar. El agua hirvió durante varios minutos. La pasta al huevo hecha por ella misma se retorció y creció bailando al ritmo de las burbujas. Después la escurrió bien y la mezcló con unos champiñones muy picados con nata y gambas que había preparado el día anterior.

Lo dispuso todo sobre un único plato que le habían regalado perteneciente a su ajuar de boda. Tenía un ribete azul con unas florecitas muy finas.

Se sentó a la mesa y miró el pequeño hotel desde la ventana. El letrero luminoso seguía encendido, pero apenas había huéspedes.

El joven comió en silencio. Las porciones de las tagliatelle impregnadas en la salsa desaparecían con calma. Parecía pensativo y deleitándose con el momento. El silencio era casi total. Solo lo interrumpía el neón de la entrada al hotel.

Un grito que parecía provenir de alguna parte lejana sonó con voz apagada. El joven suspiró con hastío disimulado.

-Ya voy madre, ya voy, dijo dirigiendo la voz al piso superior.

En tono casi de susurro añadió: Todo el día está murmurando mi nombre. “Norman, Norman...”. Parece que me lo va a gastar.

Subió las escaleras con el plato vacío y se introdujo en una de las habitaciones superiores.

-Madre, aquí tienes la comida, dijo con gesto cansino. -Tienes que comértela toda que ayer no lo hiciste, añadió.

El cadáver momificado de una mujer se silueteaba bajo las sábanas. Las luces del Motel Bates se reflejaban en el marco de la ventana. El joven observó a través de ella la llegada de un nuevo cliente.

 

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Xabier Gutiérrez 

Cocinero y escritor